
Creías que todo cambiaría, el nuevo año-siglo-milenio nos haría a todos mucho mejores, dejaríamos de caer en la tentación-y-seríamos-librados-del-mal-amen. Pero no, el poco sol del día primero del mes primero del año dos mil y pico nos arrancó de los brazos de Morfeo con la misma crueldad que lo ha estado haciendo los últimos treina y tantos años. Las legañas del siglo veintiuno son iguales a las del siglo pasado, la sed resacosa del siglo veintiuno es incluso peor que la del siglo pasado, el riñón nos comienza a pasar factura y para colmo no nos acabamos de convencer de que como ya anunciaba algún loco, el tiempo, demasiado ya, no nos cambia, ni nos cambia la experiencia, ni cambian las personas. Nada ha cambiado, el hindú del newsagent te ha vendido el periódico sin sonreír, el conductor del autobús ni se ha dignado a contestar cuando al subir y enseñar tu travelcard has casi gritado morning!!, Los altavoces de la estación de metro continúan anunciando retrasos con la misma neutralidad, la voz programada mind the gap te ha vuelto a penetrar los tímpanos mientras observas que un homeless de riñón de acero inoxidable esta bebiendo, ya tarde para él, una cerveza XXXX y esta a punto de caer a las vías.
Consigues entrar en el segundo tren vía high street ken y como de costumbre los trabajadores de la city con sus trajes de Jermyn Street, brouges de Crockett & Jones y corbata de Saville Row te golpean sin inmutarse y a la vez que arquean sus pobladas cejas, una vez más con la amplia sección de companies and markets del FT. Sigues, en equilibrio, intentado leer las escuetas cuatro líneas de internacional que trae el periódico, parece que nunca pasa nada en ultramar, comienzas a sentir el calor humano que acompaña a los ingleses, parece que eso de la higiene es una palabra prohibida y una actividad aun más diabólica. Tu viaje concluye con un inesperado signal failure en algún lugar de las vías centenarias del London Underground.
Suena el despertador, un sol cegador te deslumbra, se escuchan murmullos que llegan de la cocina, es la radio. Caes en la cuenta de que es sábado y todo ha sido una pesadilla, y el locutor da las noticias con el mismo garbo de siempre, el olor a café auténtico te atrae hacia la cafetera tentadora. Todo es mentira, hace ya bastante que huiste de Albión y Madrid se te antoja ya acogedora.