
Recupero en esta entrada algo que escribí hace no mucho.
Cada viaje a un lugar que desconozco hace que mi ilusión y mi imaginación se acelere y desate, especialmente si ya la cultura y el modo de vivir de la gente que vive en la ciudad destino me atraen. Viajar de esta manera te expone a sensaciones opuestas, por un lado, desde la distancia, Italia se ha enriquezido con el tiempo y pero en cada reencuentro muestra una realidad que habías ya olvidado, la traición de los recuerdos es a única que puedo perdonar. Una vez allí, el aire de la ciudad, como un catalizador, hace que las cosas que te gustan se engrandezcan, y las que no, si no aumentadas, se te presentan de improviso. En milan toda la gente habla italiano, excepto alguna modelo que se encuentra allí por trabajo, el italiano, ese idioma que me hace girar la cabeza y observar a llos hablantes cuando me encuentro aqui en España , aquí está en todos lados y no paras de apreciar y en cierta medida envidiarlos, no en vano el especial de GQ Style de este mes propone a Marcelo Matrioanni como primer ejemplo de esto mismo. Y es esta envidia la que hace que intentes, que pruebes a mimetizarte para poder acercarte, lentamente, sin que se note. Sin que se note que en realidad no llegas, ni por asomo, y que, como todo, lo que no es auténtico es plagio y como tal decepciona.
Por otro lado Milán ofrece dos catedrales, catedral de religión católica- il Duomo - donde San Carlos Borromeo es benerado y la catedral de la transgresión también conocida como killer plástic, donde la frivolidad es moneda de cambio a 25 euros la entrada si el ‘buttafuori’ se apiada de ti y te incluye en el grupo de los afortunados. En la religión católica san Pedro se encarga de hacer entrar en el paraíso, en la religión del exceso milanés es el ‘buttafuori’. En la una son sus esfuerzos los que son considerados, en la otra es tu mirada de desesperación. He estado en ambas, si tengo que elegir, siempre hay que elegir, me quedo con El Duomo, que me ha transmitido, incluso en medio de la marea de turistas en la que me encontraba, mucha más paz que el killer plástic, donde también estaba rodeado de una marea de ‘turistas que se asomaban al precipicio’. Hoy por hoy la prefiero, la paz.